lunes, 30 de julio de 2007

Pequeña anti-oda a la muerte

Contra y hacia la muerte
Voy/
Muerte insufrible que no viste de nada

Mostrada en corazonadas
Con varios minutos de silencio
Viene columpiándose desde hace unas 365 almas/

Toma forma y se desvanece al contacto con lo superfluo
Nace/
Crece/
Y no para de nacer/

No se trata de vivir más (¡por el amor de dios!)
Si no de morir menos
Evitando el aroma terrible que deja en cada movimiento
En cada mirada que rutila/
Por cada corbata que ahorca/
En cada moneda tragada

(encaramado en las ramas del recuerdo,
es difícil no pensar en lanzarse, desde una altura considerable,
al atractivo precipicio que ofrece su olorcillo)

lunes, 23 de julio de 2007

Cuento sin motivo aparente

No sé si sea Baudelaire el que me tiene así o si simplemente es el exceso de televisión
Ayer tomé un afilador de cuchillos
y comencé a sacarle punta a varios cigarrillos a la vez.
Quedaron redonditos y filudos.
Crucé palmo a palmo el metro y me perdí en la lluvia santiaguina.
/La ciudad se ve mejor con un poco de humo/
Eras las cinco y algo, y prendí otro.
La punta del cigarro me cortaba los dedos...
/Una historia resulta compleja cuando no se tiene finalidad/
Se me enredaba la voz cada vez que pensaba en alguna palabra para decirte en el momento de encontrarte.
(La noche se había dormido conmigo despierto
Y siéndote sincero, no recuerdo cuantas me tomé.)

Pensaba en que te escribiría al llegar a la casa,
Pero no tenía cerca ninguna idea que se pueda expresar en palabras.
Un tipo, uno de esos ejecutivos (a los “ejecutivos”, los reconozco fácilmente. Son tipos de rostro mimetizado con la ciudad, algunos tienen cara de celular, otros de manos libres, rostros de “necesito un ascenso”, aunque éste en particular tenía cara de perro) se afirmaba de mi brazo y me pedía disculpas.
/La inteligencia murió conmigo cuando aprendí a hablar/
no sé cuantas veces bajé y subí de la estación, que para ser domingo se rebalsaba de gente.
Habían unos cuentos pegados a la pared
Todos en un orden muy establecido...
“presentación, desarrollo, clímax, conclusión”
pensaba en imitar alguno para cuando te regale esto
Mientras prendía otro, te vi, aún no llegaba donde tenía que llegar,
Pero ahí estabas
Corriendo conmigo, desapareciendo y retomando tu forma con el vapor nicotinoso que se despedía de mis labios
/Resulta difícil tejer una historia cuando tendría que haber un fin/
(parecía un espectro ese día)
se me abrió la visión, y apareciste entre las murallas
mientras afuera la lluvia se convertía en frío
se me cerraron los ojos y fui a caer a tu boca
/ La ciudad se ve mejor con un poco de humo /
Me estaba congelando cuando me afirmé a tu cintura.

jueves, 12 de julio de 2007

El Chuncho

Cuando supe que el Chuncho había abandonado aquella esquina donde solía beber cada tarde, sentí una extraña sensación de angustia. Oriundo de Osorno e hijo único de una familia con estampa burócrata, el Chuncho siempre soñó con otro norte. Jamás aceptó colgarse a una corbata y apenas cumplió los 16, decidió probar suerte en la capital. Obviamente, los tiempos no estaban a su favor. El Chile trabajador le negó toda clase de puestos; resultaba intolerante, hasta para el más inepto de los empresarios, contratar a un tipo de cabello largo y de una evidente fobia a acatar órdenes.
El Chuncho era terco. Pasó 20 años haciendo artesanía. Era un negocio más bien mediocre, pero al menos le alcanzaba para no cagarse de hambre.
Hace un par de meses conoció a la Estela, una mujer de historial parecido al de él. Pero con la diferencia de que ésta vendía el culo. Fue un flechazo mutuo, y a la vez muy sorprendente para el Chuncho, que jamás se había detenido ante una mujer por más de 5 minutos (incluyendo putas). Fue un romance corto pero caliente. La Estela (“Estetita” para los clientes), era sin duda un animal apasionante, una dama de la carne, una perra que vivía todo el año en celo. Pero el tiempo, corto y de color rojo para ambos, comenzó a tomar un matiz grisáceo. Con el tiempo la Estela abandonó su rol de meretriz, y empezó a exigir ciertas cosas del Chuncho, entre ellas, que buscara una pega mejor que andar fabricando aritos. Tuvieron unas cuantas peleas por la terquedad de él.
Un día ella cogió la bolsa en que cargaba su ropa, y decidió abandonarlo en la misma esquina donde se conocieron. -No soporto ya el hambre, le dijo mientras le daba la espalda, chao y cuídate-. La frialdad de aquella mujer se contradecía con el animal que hace algunas horas se había corrido encima de él cuatro veces .

Después no sé qué más pasó. Me parece que el Chuncho tomó una corbata y al fin se la puso. Luego no lo vi más.

Gente









La mina se dice feminista

el otro dice ser machista
Un día conversan a gritos bajo unas sábanas
Se rozan ciertas partes
Él gritaba como una loca
Ella se miraba de reojo en el espejo de arriba
“ojalá no se me corra el rush”

Según mi viejo

Mi vecina es una perra
mi hermana es una perra
la vieja que vende papas es una perra
la esposa del viejo Mario es una perra
mi madre es una perra...
Me dice que todas son perras;
me parece que tiene razón,
sobre todo cuando lo ataca el celo

Mujeres


Se me cae la baba cuando las veo

cuando no
me como un par de mocos y listo

Encuentro


El angelito malo (el de la muerte), se topó con el bueno (el de la vida). Se dieron un par de miradas, unas palabras al aire, se desconcertaron un poco, y se cagaron de la risa.