Cuando supe que el Chuncho había abandonado aquella esquina donde solía beber cada tarde, sentí una extraña sensación de angustia. Oriundo de Osorno e hijo único de una familia con estampa burócrata, el Chuncho siempre soñó con otro norte. Jamás aceptó colgarse a una corbata y apenas cumplió los 16, decidió probar suerte en la capital. Obviamente, los tiempos no estaban a su favor. El Chile trabajador le negó toda clase de puestos; resultaba intolerante, hasta para el más inepto de los empresarios, contratar a un tipo de cabello largo y de una evidente fobia a acatar órdenes.
El Chuncho era terco. Pasó 20 años haciendo artesanía. Era un negocio más bien mediocre, pero al menos le alcanzaba para no cagarse de hambre.
Hace un par de meses conoció a la Estela, una mujer de historial parecido al de él. Pero con la diferencia de que ésta vendía el culo. Fue un flechazo mutuo, y a la vez muy sorprendente para el Chuncho, que jamás se había detenido ante una mujer por más de 5 minutos (incluyendo putas). Fue un romance corto pero caliente. La Estela (“Estetita” para los clientes), era sin duda un animal apasionante, una dama de la carne, una perra que vivía todo el año en celo. Pero el tiempo, corto y de color rojo para ambos, comenzó a tomar un matiz grisáceo. Con el tiempo la Estela abandonó su rol de meretriz, y empezó a exigir ciertas cosas del Chuncho, entre ellas, que buscara una pega mejor que andar fabricando aritos. Tuvieron unas cuantas peleas por la terquedad de él.
Un día ella cogió la bolsa en que cargaba su ropa, y decidió abandonarlo en la misma esquina donde se conocieron. -No soporto ya el hambre, le dijo mientras le daba la espalda, chao y cuídate-. La frialdad de aquella mujer se contradecía con el animal que hace algunas horas se había corrido encima de él cuatro veces .
Después no sé qué más pasó. Me parece que el Chuncho tomó una corbata y al fin se la puso. Luego no lo vi más.