
Llevaba veinte años en las mismas, cuando me descubrieron esos tipos. Llegaron con micrófonos, cámaras y ciertos olores, que a mi parecer resultaron más bien extraños. Decían ser enviados de no sé qué canal siniestro a cubrir el problema de no recuerdo qué cosa. Se sentaron en mi cama, mientras trataban a uno de mis hijos con una cierta complacencia. Más tarde noté que nos miraban con una lástima atroz. Mi mujer no hacía más que llorar ante esa luz que sacaba lo ojos de tanto fulgor. Los tipos me acariciaron el pelo, y le dejaron unas lucas a la María, se limpiaron las manos, contaron sus billetes y se fueron a ver a los vecinos. Prometieron, con un sonsonete ya muy practicado en sus escuelas, volver a sacarnos de dónde estábamos. Prometieron que nos harían “dignos”, que nos darían algo, (que tampoco recuerdo lo que era.) y que no nos preocupemos.
Tiempo después, ella se moría de pena y frío . La sacaron de mi lado otros tipos, al mismo tiempo que hacían su aparición más y más furgonetas como la de aquel día. Intentaron llevarme, yo me resistí, no abandonaría jamás a mis 15 hijos, que hora aullaban la partida de su madre.