
El viejo pascuero vive en una de esas de color azul con blanco.
Se pasea por media ciudad sintiendo el “el bipeo” y el doble “bipeo” de los que se mueven en su carruaje:
-Súbanse no má’ cabros, -pero mijita, pa’ la otra paga...no se preocupe que para eso estamos...¡haber, díganmelo a la cara los chucha e’ su....!-.
Pese a su cara de buena gente, esa barriga abultada y su ya conocida barba blanca, increíblemente nadie lo reconoce.
Por las mañanas, antes partirse la espalda y perder un poco más de su cuadrado trasero, besa a su mujer mientras
ésta plancha. Camina un par de metros hasta la estación, y en toda la esquina se bebe un café con 3 de azúcar, acompañado con esas ricas sopaipas que fríe doña Estelita. Se soba las manos y toma las riendas del manubrio. Ya no hay música, objetos brillantes, ni fotos de la familia pegadas a su alrededor. Tan solo el terrible “bipeo” y los gritos de desesperación de aquellos seres sin alma que una vez más desparraman vituperios, goleando al suelo como vacas en celo.
La hora ha pasado más rápido de lo normal. Le alegra pensar que en cada vuelta, cuando se desocupa su animal traga-gente, tiene la completa autorización de encender uno de esos.
Ya es de noche y el viejo otra vez perdió la cuenta de los días.