miércoles, 20 de junio de 2007

Mal escritor


Cada vez que tomaba aquel maldito puñal, el pobre se martillaba las manos con la parte trasera de lápiz. Las hojas de aquel vetusto cuadernillo solían tristemente ser azotadas contra la pared. Aturdido, las esparcía apresuradamente, mientras le gorjeaban las palabras, y a ratos, ciertos temblores le atacaban la mano derecha.

El miserable ya no tenía cabello, y comía de todo cuanto le pediese servir para soltar alguna idea. Pero nada.

Así se pasaba tardes enteras en la copa de ciertos árboles, se tironeaba las orejas, tragaba sus uñas y vagaba por impensables sitios; poblaciones armadas, pubes rozas, iglesias sonrientes, y ciertas universidades. Pero nada. El miedo terrible de caminar con la sombra de un mal escritor lo tenían a punto de colgarse de una de sus letras y perderse en la mole tentadora que le ofrecía la sociedad de ese entonces.

Eran las 7.00 AM. Cuando sin quererlo se golpeó la sien con una idea realmente buena; era algo grande que ni él podía creer que se le hubiese ocurrido. Tomó el puñal, se limpió el sudor de la cara, bebió de su propia tinta, y depositó el vómito en la hoja.

Terminó con las manos ensangrentadas.