Ayer, sentados en el metro,
Conversando trivialidades,
Se me escapó una bala
Desde el fondo del estomago,
a las sienes de mi novia.
El estruendo fue terrible,
Creo haber cerrado los ojos,
-No recuerdo muy bien-
y al abrirlos vi cómo el metro
se estrellaba en mi cabeza,
mientras al otro lado se acomodaba
ella
impávida por el disparo,
con la mano extendida y su cara mojada.
No hay devolución ni de armas ni de mujeres,
Me dijo esta tarde otro vendedor;
Cuando se te escapa un tiro
El dolor del sonido es irreversible
Y tendrás que acostumbrarte al chirrido
Rebotando en tus parietales,
pues aquello es lo único que de veras podría decir,
-es para siempre-.